ALGO QUE LLORABA

La oscuridad de la noche inundaba por completo la zona, de vez en cuando sorprendida por el resplandor de algún pequeño relámpago. Las ratas y demás animales que pasaban por allí se escondían entre los árboles como si temiesen lo peor. Un gato color canela se resguardaba de la lluvia permaneciendo acurrucado en el alféizar de la ventana, y los ladridos de un perro asustado se escuchaban a lo lejos. La casa, de piedra, parecía una gran criatura diabólica en medio de la noche.

De repente, de entre la oscuridad, apareció caminando con sigilo y ligeramente encorvada una figura humana. Una larga capa negra con capucha del mismo color la cubría por completo, sólo dejando al descubierto unas arrugadas manos cuyos dedos, todos ataviados con diferentes anillos de extrañas formas, sujetaban algo manteniéndolo muy cerca del pecho.

Caminaba lentamente, siempre mirando al frente, sin girar su oculta cabeza ni una sola vez, sin desviar la mirada en ningún momento. Parecía no importarle que la lluvia estuviese empapándola por completo, pues continuaba acercándose a la casa recorriendo el camino flanqueado por robles casi sin inmutarse. A la vez que caminaba iba murmurando extrañas e ininteligibles palabras que parecía dirigir a lo que sujetaba entre sus manos. Éstas estaban empezando a temblar ligeramente a causa del frío, pero apretaban con fuerza el objeto sin soltarlo en ningún momento.

Por fin la extraña persona encapuchada se detuvo ante la grandiosa casa de piedra. Se acercó a la escalinata que había ante la puerta principal y comenzó a subir lentamente, peldaño a peldaño, hasta quedarse parada enfrente del portón, hecho de madera y en el que se podían observar numerosos relieves que habían sido cuidadosamente tallados tiempo atrás y que representaban distintos tipos de animales mágicos. La fachada, de grandes piedras grises, estaba totalmente empapada por la lluvia. La figura encapuchada permaneció inmóvil, como esperando una señal. Entonces un relámpago iluminó el lugar durante medio segundo, con un destello de luz cegadora que hizo que el gato color canela de la ventana se asustase y fuese rápidamente a buscar otro lugar en el que cobijarse de la lluvia. Ese relámpago debía de ser la señal que la persona de la capa había estado esperando, pues fue entonces cuando soltó su mano izquierda del objeto que sujetaba, quedando éste sujeto solamente con la mano derecha: se trataba de un pequeño frasco de cristal en cuyo interior burbujeaba una sustancia de color azul turquesa que brillaba en medio de la oscuridad de la noche. Con sumo cuidado para no derramar nada y tratando de no rozar el cristal con sus extraños anillos, destapó el frasco muy lentamente y sin dejar de murmurar aquellas ininteligibles palabras. Un espeso humo azulado brotaba del interior mientras que la burbujeante sustancia brillaba con más intensidad. Las burbujas se movían con mucha más rapidez ahora y la figura encapuchada ya no murmuraba las extrañas palabras, sino que prácticamente las gritaba.

Cuando daba la impresión de que no tardaría en aparecer alguna de las personas que vivían en esa casa, curiosa por saber a qué se debían aquellos gritos, la figura encapuchada simplemente cerró la boca, se calló, para seguidamente rociar la puerta que tenía delante con el contenido del frasco de cristal. Entonces atravesó la puerta, como si de una cortina de agua se tratara.

Pasaron unos minutos en los que parecía que nada fuera de lo

común había ocurrido en aquel, por lo general, tranquilo lugar. Seguía lloviendo a cántaros, pero el ambiente era distinto; se respiraba serenidad... La puerta que había sido atravesada se mostraba de nuevo sólida. Nadie que la viese ahora podría imaginar que acababa de ser atravesada de esa manera. El gato color canela, que tras el deslumbrante relámpago se había escondido en el interior de un barril de madera que se encontraba volcado junto a un viejo roble cerca de la casa, se acercó ahora a olisquear la puerta, extrañado por lo que acababa de ver. Grande fue el susto que el pobre animal se llevó cuando un pie volvió a atravesar la puerta, esta vez desde dentro de la casa. El gato huyó rápidamente mientras que al pie le siguió otro pie. Ambos calzaban viejas y raídas zapatillas de tela negra y desgastada. Tras los pies vino la túnica negra y tras ella la cabeza, envuelta en la capucha. Pero algo era distinto... Las manos llenas de anillos ya no sujetaban el pequeño frasco de cristal, sino que ahora llevaban algo envuelto en una manta color violeta... Algo que se movía... Algo que lloraba...

Justo enfrente de la casa, unos arbustos se movieron. Alguien se alejaba, adentrándose en la espesura del bosque. Alguien que ya había visto bastante...

La persona de la capucha se fue también de allí apresuradamente, llevando bien sujeto ese algo que lloraba...

 

 

 

(C) T.C. FeRRi 2007 / 2011